VALCÁRCEL, Luis E. - Memorias
La primera parte del libro Memorias de Valcárcel es una descripción personal de lo que fue la ciudad del Cusco (y algunos alrededores) a fines del S. XIX e inicios del XX. Se trata de un recuento de los espacios, las costumbres y los habitantes, así como de la situación política, cultural y religiosa de la región.
La narración, a modo de enunciación sistemática, está acompañada de las preocupaciones y opiniones del autor, quien lleva al viajero literario a través de un recorrido inicial en una ciudad pequeña, incomunicada, sin luz, agua ni desagüe, una situación que contrastaba con la grandeza de su herencia arqueológica. Esta situación será revertida con el ingreso del Cusco a la modernidad, es decir con el alumbrado eléctrico y las obras de saneamiento. Acompaña a esta primera parte una descripción exhaustiva de las calles, pasajes, piletas, plazuelas, callejones, puentes, cruces, barrios y casas señoriales, destacando además el nombre en quechua de muchos de estos lugares y la interrelación permanente con su pasado incaico, colonial y republicano, en una simbiosis asombrosa para contextos tan disímiles entre sí. La exaltación de esta tradición del mestizaje, de este compartir de realidades espacio temporales, es acompañada también por una dura crítica al cambio en la arquitectura moderna, quizá propiciado por la desaparición de las familias más tradicionales y nobles, descendientes de españoles así como de las casas nobles de los incas.
Otro aspecto en el que se detiene Valcárcel es en el de las actividades diarias, el discurrir cotidiano que acompañaba el escenario ya descrito. Aquí se mencionan las chicherías, las teterías, confiterías, heladerías, clubes, boticas y todo lugar susceptible de convertirse en un lugar para encontrarse e intercambiar ideas. A esta infraestructura que soportaba la red de relaciones interpersonales se sumaban también los almacenes particulares que abastecían de los productos importados que requería la ciudad, principalmente artículos de consumo secundario. El autor menciona además una serie de negocios privados y talleres, así como algunas fábricas manejadas por personajes de distinta nacionalidad. Ello abre las puertas de una clase obrera, principalmente mutualista, apartada de las convicciones anárquicas de la juventud universitaria. La idea de modernización está relacionada con la reforma universitaria, las nuevas ideas de la protesta popular y la mejora de los medios de transporte (ampliación de líneas ferroviarias y la introducción de automóviles), fenómenos posteriores a la primera década del S. XIX, razón por la que los viajeros de inicios de siglo eran escasos. Una situación que cambió en la década del 60 cuando la reputación de sus restos arqueológicos trascendió las fronteras nacionales.
Continuando con el recorrido, Valcárcel menciona las plazas de otros y las novilladas, las peleas de gallos, las salas de cine, las veladas literarias y la vida cultural, que caracteriza como limitada, contradictoriamente inversa a la intensa difusión del periodismo. En el ámbito educativo menciona también las escuelas, seminarios, colegios y universidad, acompañadas por sus principales representantes. En este punto se hace una crítica al acceso a la educación occidental, de la que estuvo alienada la “masa indígena”. Sin embargo, la personalidad del cusqueño, como lo menciona el autor, dependía en muchos sentidos de la influencia de lo indígena, tal es el caso de las supersticiones o de espacios compartidos como el mercado, lugar de intenso intercambio cultural de donde salieron costumbres que han perdurado hasta ahora como la “yapa” y el regateo.
Sobre la vida religiosa se menciona el fervor que provocaba la Semana Santa y el Corpus Christi, de origen cristiano, pero con importantes componentes paganos y andinos, principalmente en la comida. La religión estaba asentada no solo espiritualmente sino también físicamente a través de la gran cantidad de iglesias, monasterios y conventos. La presencia de las principales órdenes religiosas significaba a su vez un orden que buscaba delimitar lo secular de lo sagrado, por ello los rituales como bodas, funerales y bautizos eran verdaderas fiestas religiosas que se celebraban bajo un estricto canon tradicional. Pero la religión no solo estaba presente en ese ámbito, en lo político los curas quechuistas incitaban muchas veces a la revolución en contra de la opresión de los blancos. En todo caso, el quechua era también un punto de identidad que sobresalía pues toda la ciudad lo hablaba aun a pesar que en círculos públicos se lo evitaba. Al igual que la iglesia, las instituciones políticas, militares y civiles cumplían también funciones importantes, sin embargo no tenían el poder que la primera pues no dominaban todavía el ámbito de la mente. En este punto se hace mención de la esfera política de la ciudad, tanto de las usuales revueltas como de miembros importantes de la prefectura.
Sobre la vida en el campo Valcárcel guarda un recuerdo más romántico y paternalista, con una mirada exaltada de las haciendas próximas a la ciudad. Se hace entonces una descripción de los pueblos, el paisaje, la distribución geopolítica y la herencia incaica, principalmente del andén y la relación del hombre andino con la tierra. La orografía cubre parte importante del relato, quizá complementando un espectro fundamental para Valcárcel como lo es la agricultura. La descripción de las casas quinta, de las chacras, los jardines, la introducción de flora extranjera y los paseos “rurales” denotan la cercana relación entre el hombre y la tierra y la importancia que había cobrado en la ciudad.
La vestimenta le permite al autor ingresar a un espacio en donde blancos, mestizos e indios, hombres y mujeres, representaban diariamente su condición a través de mensajes claros y sutilezas que permitían diferenciarlos y dejar manifiesta su pertenencia a una clase social o a otra. Esta construcción identitaria se llevaba a cabo en espacios inacabables, desde el género hasta las profesiones, pasando por la raza y los sectores económicos. Este último aspecto es de suma importancia en el relato, pues se hace una división franca de las clases sociales: la clase alta (hacendados y productores), el sector medio (mucho más complejo y variado), la clase popular (campesinos, obreros, peones, sirvientes e indígenas en general), todos definiendo constantemente su pertenencia a uno u otro grupo en función de la raza.
Valcárcel se detiene hasta el final de la obra en la organización económica de la ciudad, abarcando los nombres de las familias hacendadas, productores de coca, té, aguardiente y ganaderos. Aprovecha también para describir la situación del indio como un ente anónimo sujeto a diversas injusticias, incluido el despojo de sus tierras. Los hacendados son representados con cierta nostalgia por las comodidades y el estilo de vida romántico que llevaban, en contraposición con la rutina de la ciudad. En todo caso, las fiestas y reuniones sociales son descritas como celebraciones en donde nada se guardaba y la atención a los invitados era lo más importante, agasajándolos con varios platos y bebidas.
La servidumbre ocupa el final del relato y se le relaciona desde el principio con el hombre andino. En la narración se sugiere las desventuras que surgen en cuanto el indígena ingresa a esta vida, abandonando los espacios que le son “naturales”, es decir el campo. A pesar de ser conciente de ello hay una mirada paternalista que procura ubicarlos como seres inocentes, sumisos e ingenuos.